Hola bloggers, lo prometido es deuda, y en esta ocasión les traigo la segunda entrega de "El Marakame, el hikuri y los mestizos", espero la disfruten. Sin más, los dejo con la continuación de la historia.
Nos quedamos observando la luna por algún tiempo, al observarla me pareció estar emanando alguna especie de energía mística. Después los organizadores de la ceremonia nos pidieron que pasáramos al lugar en donde habíamos estado previamente. Al llegar la fogata -o el abuelo fuego- estaba en su máximo esplendor; ardía con intensidad, protegiéndonos del frío que empezaba a asomarse en el lugar. Luego se nos pidió que colocáramos algún objeto que quisiéramos que se bendijera en un altar que habían hecho a una lado del abuelo fuego. Yo llevé un collar en forma de águila, que esta hecho de shakira, una hermosa artesanía realizada por wixárikas que me había regalado un amigo. Nos sentamos en circulo y comenzaron a pasar con un costal, cuyo contenido eran los botones de hikuri que íbamos a consumir. Yo tomé tres -por recomendación de mi amiga- y pasé la bolsa. Estaba bastante emocionado, ya que en la adolescencia había leído varios libros de la saga de "Las enseñanzas de Don Juan", en donde Carlos Castaneda relata su experiencia con el peyote; por lo que me encontraba realmente ávido por una oportunidad para probar el famoso mezcalito (peyote) que le había dejado tanto conocimiento al autor de la saga.
El Marakame tomó la palabra y nos platicó de lo importante que es para los Wixàricas la ceremonia del hikuri, de lo sagrado de los aspectos simbólicos del rito, sobre la importancia de mantenernos siempre dentro del circulo, donde el abuelo fuego pudiera protegernos. Nos dijo que el hikuri es cómo un maestro, y que como tal, cuando es necesario es duro con nosotros, ya que nos enseña lo que no queremos ver, nos pone en contacto con nuestra sombra para que podamos trabajar en incorporarla a la totalidad de nuestro ser. También nos contó sobre el camino que atravesó para convertirse en Marakame; en una ocasión tuvo que comer 50 botones de peyote, lo cuál le abrió su percepción y cambió su vida para siempre. Después nos informó que era momento de pelar el hikuri, y nos advirtió que tuviéramos cuidado de quitarle todos los pelitos que tiene, ya que si los ingeríamos podríamos quedar atrapados para siempre en el mundo de los espíritus. Una vez que habíamos terminado de preparar el peyote nos invitó a comerlo; el sabor era amarguísimo, sentí mucho asco y ganas de vomitar, pero me aguante y me comí gajo por gajo el primero de los botones. Después, algunos de los asistentes que traían guitarra comenzaron a cantar hermosas canciones, las cuales aludían siempre al corazón, a la naturaleza, a los elementos; al abuelo fuego, al venadito azul, a la madre tierra.
Pasó aproximadamente una hora y yo no sentía el efecto del hikuri, así que decidí consumir mas. Esta vez me lo comí lentamente, para cuando me quedaba aproximadamente un gajo y medio comencé a sentir el efecto del cacto sagrado. Que sensación tan increíble me causó. Todo empezó a hacerse confuso; los colores eran mas brillantes, sentía una especie de adormecimiento, observaba a algunas personas bailar al ritmo de las canciones de medicina; sentía el inmenso calor del abuelo fuego, me acerqué un poco y contemplé las hermosas formas que producían las llamas. Entré en un estado reflexivo; y mientras el Marakame hablaba para todo el grupo, parecía responder a las preguntas que yo me hacía en mi diálogo interno, fue maravilloso. El sentimiento de comunidad era imperante, algunos lloraban, otros los reconfortaban poniéndoles la mano en el hombro, o fundiéndose en un abrazo con ellos. A pesar de que muchos no nos conocíamos, parecía que nos conocíamos de toda la vida, era como si fuéramos una gran familia, una que no necesita hablar para establecer vínculos afectivos, era como si todos formáramos parte de un solo ser, como si fuéramos una unidad protegida por el abuelo fuego, guiada por el Marakame, y bajo la tutela del hikuri. Era realmente extraordinario, hasta el punto en el que me empecé a marear y sentí unas inmensas ganas de vomitar, le dije a la persona que tenía a un lado y me pasaron una cubeta para la cual habían asignado ese uso. Se sintió horrible, pero como dicen ellos, me alivié, y al parecer deje todas las cosas negativas que venía cargando en el vomito, por que después de eso me sentí fenomenal. Me fui a acostar y a taparme con la cobija, ya estaba haciendo mucho frío. Cerré mis ojos y en mi visión interior se presentaron imágenes de fractales impresionantes, era como si estuviera mirando la composición misma de la red con la que esta creado el universo, sentí una gran serenidad y mucha, muchísima paz. Después, cuando pensaba en una persona, tenía la sensación de que yo era ese ser, tuve la impresión de sentir lo que ella sentía, y pensar como ella pensaba, tuve una gran compasión hacía ella. No se cuanto tiempo estuve ahí con los ojos cerrados, solo se que fueron horas, por que cuando los abrí ya estaba clareando. Me quedé mirando a Don Gerardo, que estaba entre cantando y rezando en su idioma autóctono; ese canto me transportaba a algún otro lugar, tan pero tan especial, era realmente indescriptible y maravilloso.
Después nos pidieron que uno por uno fuéramos con el Marakame para que nos bendijera con su pluma, y nos diera un nombre nuevo, en el dialecto wixárika. Posteriormente nos bañaron la cabeza y los pies. Nos quedamos contemplando al fuego un rato mas y después, Don Gerardo nos dijo que el día de hoy habíamos plantado una semilla, y que el verdadero trabajo era cuidarla día a día, para que creciera hasta convertirse en un gran árbol. Después dio unos objetos de poder a algunos de los presentes, los cuales habían pasado por un largo proceso de purificación que concluía ese día con esa ceremonia. El Marakame cerró el rito y algunos se fueron a desayunar, otros se quedaron platicando ahí mismo, y yo me fui a dar un paseo por la hermosa naturaleza que enmarcó la ceremonia.
Como conclusión, quisiera remarcar la gran sabiduría que posee la cultura wixárika, en verdad cuentan con un gran conocimiento; a diferencia de nosotros, que nos llevamos la vida en el plano mental y estamos siempre muy centrados en la razón, ellos viven con una sonrisa eterna por que se dejan guiar por lo que les dicta su corazón. Es una verdadera pena que el hombre de la cultura hegemónica los tilde de primitivos, como a todas las culturas indígenas del continente, y que se pierda de darse la oportunidad de entender el mundo de una forma diferente, escuchando a estas personas que viven desde el corazón. Los invito a que si tienen la oportunidad de asistir a una ceremonia de hikuri no la desaprovechen, es algo indescriptible que tiene grandes posibilidades de ayudarlos a vivir en consonancia con su ser interior, con las necesidades de su alma. Solo asegurense de que sea guiada por un verdadero Marakame, por que hoy en día hay muchas ceremonias que son dirigidas por personas que no estan realmente preparadas para dirigirlas y solo lo hacen por lucro. La experiencia me cautivó y me dejó grandes enseñanzas que atesoro en lo mas profundo de mis ser, fue una vivencia que me marcó y por la cual estoy muy agradecido.
Oliver Ramírez