En aquel momento yo vivía en la Ciudad de México, y por azares del destino, o por cuestiones relacionadas a la sincronicidad -diría Carl Jung- conocí a una mujer que me invitó a una ceremonia de Hikuri; el cacto sagrado de los wixárikas, también conocido simplemente como peyote para los miembros de la cultura hegemónica. Ella me indicó que en orden de estar listo para la ceremonia, debía hacer una especie de ayuno; no comer carne durante una semana, así como -muy a mi pesar- suspender cualquier acto libidinoso durante el mismo plazo, además, no debía consumir alimentos el día del ritual. Con mucho penar cumplí con los requisitos establecidos por los dirigentes de la ceremonia, y llegado el día procedimos a realizar el viaje al mágico pueblo del estado de Morelos conocido cómo Tepoztlán. El pueblo es simplemente maravilloso, esta clavado en medio de los cerros, entre los cuales destaca -con su peculiar forma- el cerro del Tepozteco. Atravesamos el pueblo y salimos a un terreno bien clavado en la naturaleza, ahí estaban esperándonos ya el resto de las personas que participarían en la ceremonia; los cuales nos recibieron con gran alegría, como si fuéramos familia. Se nos asignó un lugar alderredor de la fogata que estaban encendiendo. Estaba ya bien entrado el atardecer cuando a lo lejos y a contraluz, observe a dos hombres y una mujer que venían caminando. Venían todos vestidos de manta blanca, un paliacate rojo en el cuello, y uno de ellos, el mas viejo, portaba un vistoso sombrero con múltiples adornos colgantes realizados con maestría en shakira. Mi amiga me acercó con ellos y me los presentó; eran los wixárikas que dirigirían la ceremonia, y el del vistoso sombrero era Don Gerardo, el Marakame , el chamán que iba a guiar el rito.
Antes de comenzar con la ceremonía del hikuri, nos llevaron a hacer una ultima preparación; el temazcal. Entramos en esa pequeña casita, la cual se asemejaba a un iglú, todos nos presentamos y pronunciamos nuestro propósito para la ceremonia; unos pedían conocer el amor incondicional, otros elevar su percepción, algunos entenderse mejor a ellos mismos. Después, comenzamos todos a cantar canciones acerca de los elementos de la naturaleza, cantos muy bellos que daban fuerza cuando comenzaron a aventar las piedras calientes que llenaron de vapor e hirviente intensidad la pequeña casita que simbolizaba el vientre de la madre tierra. Se escuchaban gritos: ¡Fuerza guerrero!, ¡Piedra caliente!. Seguían cayendo las piedras, llenando de un vapor ardiente todo al rededor de nosotros, el calor era casi insoportable. Pasó un tiempo que me pareció larguísimo, cuando nos invitaron a salir. Ya estando afuera parecía que salíamos a un nuevo mundo, tan, pero tan fresco. Observé la luna llena que se postraba sobre nosotros, tan luminosa, tan enorme. La impresionante escena me hizo derramar algunas lagrimas, era hermosísima. Muchos de nosotros entramos en una especie de transe místico inducido por la ceremonia del temazcal. Me sentía conectado a todo cuanto existe, y pensar que la verdadera ceremonia estaba apunto de comenzar.
Continuara...
Oliver Ramírez
